En estos tiempos en los que vivimos, parece que amar profundamente esté mal visto. Y no hablo únicamente del terreno afectivo en las relaciones de pareja, hablo en términos generales.

Se ha posicionado el interés personal para emplear a la gente en base a las necesidades particulares, que en profundizar y en expandirnos mutuamente. Esto nos lleva a una sociedad cada vez menos sociedad, con masas de individuos aislados los unos de los otros, narcisistas, confundiendo el amor propio con el narcisismo desmesurado, confundiendo la atención sobre las necesidades de uno mismo con el aislamiento emocional.

Somos seres sociales, nos necesitamos los unos a los otros, y el vínculo afectivo entre personas que realmente se interesan por ti, es importante, importantísimo.

El amor es atención, un ser humano criado con atención desde la niñez, es un ser humano sólido, estable, con un balance en sus centros mentales, emocionales, físicos y sexuales creativos en armonía. El amor bien entregado, nos da seguridad, sostenimiento en el mundo, confianza para arriesgar, emprender, lanzarnos a vivir desde lo que somos.

Una sociedad de máscaras

La falta de amor, de atención verdadera, deriva en que construyamos máscaras para agradar. Nos rechazamos a nosotros mismos para comunicarnos con los demás, en una suerte de festival hipócrita normalizado, donde el miedo al que dirán y a perder relaciones, acaba soterrando nuestra propia originalidad.

Así se relacionan la mayoría de familias, así se relacionan la mayoría de humanos en la sociedad, y eso acaba creando una profunda insatisfacción.

Un mal que deriva a que por miedo al rechazo, nos aislemos cada vez más en nuestros mundos. Y si esos mundos no se comparten, no hay una expansión de la realidad, por lo que terminamos desenvolviéndonos como rebaños de ovejas que siguen necesitando sentirse rodeadas por otros semejantes, pero sin la conexión emocional necesaria para establecer una expansión de nuestra propia inteligencia emocional.

Nos tenemos que escuchar

En mi caso personal, desde pequeño siempre fui un niño altamente sociable, podía relacionarme fácilmente con cualquier persona, no obstante, a la hora de construir relaciones de amistad, siempre fui muy selectivo. Personas que me importaban en su momento y que también se preocupaban por mí.

A medida que fui evolucionando, mi manera de relacionarme también cambiaba. Me iba desarrollando cada vez más, conectando conmigo y hay personas con las que cada vez tenía menos que compartir, ya que se iban quedando anclados en sus límites.

¿Qué hacía yo? Escucharme. Si ya no me sentía cómodo en un lugar, con una gente, cortaba. Esta actitud me supuso más de un conflicto, ya sea con familiares, al rechazar querer asistir a reuniones por no sentirlo, o con amigos, que me tildaban de radical, egoísta, por simplemente ser sincero y no querer ir forzadamente a hacer cosas que no me aportaban lo más mínimo.

Creo que la señal indicativa para mí de que tenía que alejarme era el sentimiento de vacío, el malestar, el sentirme ya desubicado. En el momento en que me dejaba llevar por ese sentimiento y hacía lo que tenía que hacer, entraba en un estado de paz y de reafirmación conmigo mismo.

Siempre me he sentido fatal cuando he terminado cediendo a chantajes emocionales clásicos:

“Tienes que hacerlo porque es tu familia”

“Es una vez al año”

Y toda esa mierda de frases que no tienen ningún sentido y que establecen unos contratos de lealtad amparados en una obligación y no en un sentimiento.

Relaciones forzadas

He estado en reuniones familiares donde se podía percibir más afinidad entre las gambas y calamares que reposaban en las bandejas que entre los asistentes a la reunión. Y así van la mayoría de familias, hipocresía y relaciones forzadas amparadas en órdenes, prohibiciones y en mantener una imagen.

Esa imagen que los lleva a alimentar unas apariencias que nada tienen que ver con la realidad. Esa apariencia que acaba por destrozar la autoestima de cada cual, que ve que tiene que someterse simplemente porque te dicen que de esta manera se tienen que hacer las cosas.

Con el tiempo, mi inercia a desobedecer frente aquello que no tasaba con mis principios y mi sentir, se fue extrapolando a todos los ámbitos:

— Familia
— Estudios
— Amistades
— Parejas
— Trabajos

De esta manera, basándome en mi propia fidelidad, mi propio amor propio, a través del descarte de aquello y aquellas personas con las que me sentía forzado, empecé a conectar con personas con las que sí me sentía yo mismo, y eso es importante.

Hay gente que tiene un muro de hormigón envolviendo todo su ser, cuando uno trata de relacionarse con ellos, percibes esa muralla, y ellos te empujan a que te relaciones desde su nivel.

Encontrar nuestro propio equilibrio

Uno puede relacionarse hasta cierto punto con personas así, a fin de cuentas, vivimos en una sociedad donde según que circunstancia, quizás tengamos que relacionarnos con alguien así, no obstante, por el bien de nuestro equilibrio, hay que saber controlar el tiempo de exposición a personas así.

Personas desconectadas de sí mismas se convierten en vampiros energéticos, devoradores del tiempo y de nuestra vida, hablando claramente.

Irónicamente, son personas que se aman mucho, pero realmente, no saben cómo amar. Para empezar, ni amarse a sí mismos.

Son víctimas de una sociedad que ya desde la niñez los ha alimentado con padres y madres ausentes, que después han pasado por un lavado cerebral y que han terminado viviendo a la deriva, justificando intelectualmente cada acto que hacen en vez de dejarse llevar desde el ser. Alimentado lo que generación tras generación, se ha ido normalizando como la forma de relacionarse.

La cosificación de las relaciones

Y aquí llegamos al mundo actual. A esta época de distanciamientos sociales, pero de reuniones en bares, de miedo al amor, pero de uso y disfrute del Tinder, de la liberación de la mujer, y donde un cantante de reggaetón con temas machistas ha ganado un Grammy, la cosificación de las relaciones amparada en una supuesta libertad.

Un mundo donde el amor cada vez es menos visible, y el narcisismo se está apoderando de las redes sociales y de la sociedad.

Un mundo donde la gente va por la calle chocando codos y puños, pero luego se acuestan con desconocidos, se apelotonan en los vagones del tren y del metro, suben a coches de desconocidos, hacen colas en aviones para ir compactados como sardinas de lata después. Ese mundo, un mundo estúpido, absurdo, fundamentado en el miedo, carente de amor.

Lo que se ve en las redes, es un reflejo de nuestra humanidad. Se está confundiendo libertad con libertinaje, y el postureo espiritual, el amor propio, con el miedo a la exposición, a la vulnerabilidad, a conectar realmente con la gente.

La era de la desconexión

En mi vida había presenciado tal festival de personas desconectadas de sí mismas y apegadas a la imagen y lo material como ahora.

Mis relaciones han cambiado en esta época, para mejor. La experiencia es un grado, me ha permitido aprender a valorarme, a amarme, a saber invertir mi tiempo en las personas que realmente lo merecen.

Cuido mis amistades, cuido la gente que me importa, si me atrae una mujer, dedico mi tiempo a hacérselo saber, sin prisas, no me lanzo de forma egoica a buscar saciar nada, permito construir relaciones sólidas amparadas en el amor.

Porque cuando uno se ama, no tiene prisa, cuando uno se ama, sabe cultivar el amor por los demás, saber invertir tiempo en sí mismo y también en los demás.

Amar no es imponer

Amar es saber aceptar, también saber ser sincero y honesto, sin miedo al rechazo, es saber evolucionar sin miedo a dejar atrás a quienes no lo hagan. Vivimos como vivimos, porque tenemos miedo al amor, sin amor no hay unión, sin amor, no hay cultivo de las relaciones, sin amor no luchamos por nada.

La disolución del amor es la división de la humanidad, y divididos, estamos vencidos, el amor es la clave para la liberación de la humanidad.

Tenemos que amar para ser libres. Eso es algo que tengo clarísimo. Un amor libre de fronteras, ideologías, nacionalismos, etiquetas.

El poder está en nosotros, tenemos que tener el valor de sentirnos y decir. ¿Me estoy amando? ¿Estoy amando? ¿Qué tengo qué hacer para alcanzar el amor? ¿Qué tengo que soltar?

Nuestra especie depende de ellos. Podemos vivir en una sociedad fundamentada en el amor, en la cooperación y la armonía o bien en una sociedad fraccionada por personas narcisistas, temerosas, egocéntricas, desvalorizadas.

En el primer supuesto, el poder lo tenemos nosotros, en el segundo, el poder se lo damos al sistema.

Tú eliges, pastilla roja o azul.

Hay que avanzar.

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